CRÓNICA A TEMBLORES QUE SACUDEN.
Por: Enrique Portuondo
Estoy hecho leña. Se me han juntado los días, las horas. Después
de la primera sacudida del domingo, de la pared danzante, del grito a mi padre,
solo he dormido a retazos. Mi mente lucha contra el sueño; pero mi cuerpo se
cae. La madrugada ha sido el horario estrella de los temblores.
Hemos tirado un colchón debajo de la enredadera, a la entrada de
la casa; pero lo hemos recogido. Mis huesos se lo sienten. Medio Santiago, de
todas las edades, ha dormido en plazas, plazuelas, bancos, descampados.
Vivo pegado a la tierra. Detrás de mi casa hay una decena de
edificios. Una palabra acude siempre en estos trances. Se grita con fervor o se
murmura casi sin despegar los labios: ¡Misericordia!
Misericordia se llama el
libro de la doctora Olga Portuondo, historiadora de Santiago de Cuba, que
recoge los desastres naturales que han afectado a la ciudad. Esta es una
ciudad sísmica. Cada siglo ha tenido lo suyo. Y a estas alturas, 1932 parece la
prehistoria.
El sismo más recio de tiempos recientes fue el 20 de marzo de
2010, con 5,5 de intensidad en la primera sacudida y una réplica fuerte. Las
dos veces tuve que correr por mi vida. Prefiero no tocar esos recuerdos.
Los santiagueros tenemos un doctorado en terremotos. Cada
segundo dentro de un temblor, equivale a un siglo. Es una sensación
inexplicable, al límite. Desde que nací escucho que vendrá “uno grande”; pero
aquí seguimos, tenazmente, subiendo y bajando las empinadas calles.
En mi casa hay una lámpara de lágrimas de cristal en el centro
de la sala. Las he visto bailar, las he visto caer poco a poco. Se ha
convertido en un símbolo, en mi sismógrafo particular. Quedaba una sola lágrima
que esta vez se ha ido.
Cuando escribo estas líneas no se han reportado víctimas ni
daños materiales significativos. Las autoridades están atentas, la gente
también. Me han escrito desde medio mundo; pero ando disparado. Hoy pasó una
rastra que hizo vibrar el suelo. Salí corriendo, fue algo automático. Mi
vecina, por fin, tuvo razones para reír.
No escribo desde la evocación ni desde la distancia. Estoy
dentro. He perdido la cuenta de los temblores registrados desde el domingo, han
sido latigazos. Esta noche dormiré en mi cama. Y yo que apenas sé rezar, estoy
rezando. La vida sigue.







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